31 mar. 2010 ~ ~ Etiquetas: ,

El Dolmen de Montelirio, por Concha D’Olhaberriague

El Imparcial. 30/03/2010

Vuelve la prensa a hablar de este singular monumento megalítico, de sonoro nombre octosílabo, situado en una eminencia sobre el río Guadalquivir, en la comarca sevillana del Aljarafe -voz árabe para otero-, que mucho antes acogió la refinada cultura tartesia. Se encontró, por azar, hace apenas doce años, en el curso de labores agrícolas rutinarias y, por fortuna, no ha sido expoliado.

El titular de El País atrajo mi atención de inmediato: “El enigma de las 19 novias”. Conocía ya la relevancia del yacimiento, acrecida, ahora, por los interrogantes surgidos respecto a la relación interpersonal y social de los ocupantes de esta morada del más allá.

Hace un par de años, se movilizaron los vecinos del municipio de Castilleja de Guzmán, donde se halla, por miedo a que quedara oculto y estrangulado de facto por construcciones planificadas en su derredor.

No sería el primer caso. Parece, no obstante, que el dolmen, uno más de los numerosos vestigios del poblado y la necrópolis de Valencina de la Concepción, está siendo estudiado con todo detalle. Declarado Bien de Interés Cultural, los descubrimientos que ha deparado son notables y sorprendentes.

El ajuar enterrado en esta ingente construcción funeraria, formada por dos cámaras y corredor, es rico y variado: piezas zoomórficas, flechas, bellotas, pan de oro, ámbar, un cuchillo de marfil, una alabarda y peines finamente elaborados. Contra el dicho popular, la muerte no es siempre igualadora.

Sabemos que el dolmen data de hace cinco mil años. Las pruebas realizadas a los restos humanos con carbono catorce han adelantado la fecha. Las investigaciones polínicas han esclarecido cómo eran la flora y la fauna de la zona, un bosque de pino, fresno y carrasco en el que se criaba el cerdo, animal que, como es lógico, aparece también entre las figuras y amuletos del tesoro.

Todo está distribuido y ordenado conforme a un preciso y significativo ritual: los guardianes reposan en el corredor; el señor y dueño en una cámara; en la otra, las mujeres, de edades parejas, colocadas con posturas simbólicas en torno al altar de arena arcillosa, pintado de verde al igual que la vajilla. Las paredes del recinto guardan pigmento rojo idéntico al encontrado en los cuerpos.

La concepción escatológica que requiere sepultar al jefe con sus pertenencias -personas de su séquito y enseres-, no dista mucho de la que muestran las pirámides egipcias o ciertos túmulos fúnebres de Mesopotamia.

Quedan, no obstante, muchos aspectos oscuros e intrigantes respecto a la posición social del varón principal, alguien muy poderoso, un jefe de clan o reyezuelo, sus dos servidores masculinos y la veintena de esposas o esclavas, quizá lo uno y lo otro. Nunca se sabrá cuál era la relación efectiva entre ellos, de qué naturaleza eran los vínculos, si murieron de forma voluntaria o forzada al desaparecer su amo y cómo hubieran deseado viajar a la otra vida.

Son cuestiones que interesan por más que la arqueología no sepa responderlas.

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