14 jun. 2011 ~ ~ Etiquetas:

El proyecto de rehabilitación del Museo Arqueologico de Sevilla en la web de Europaconcorsi


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Una magnífica colección permanente, con algunas piezas realmente soberbias y un contenedor obsoleto y desvencijado. Un notable edificio del arquitecto Aníbal González, construido en 1917 con una serie de desafortunadas intervenciones posteriores, que han ido devaluando, cuando no anulando, la potencialidad espacial del edificio primitivo: el Pabellón de las Bellas Artes de la Exposición Iberoamericana de 1929.

Este imprescindible y largamente esperado proyecto de intervención en el Museo Arqueológico de Sevilla supone la oportunidad de poder mostrar satisfactoria y adecuadamente su espléndida colección, pero sobre todo de consolidar, restaurar y eliminar añadidos indeseados, abrir el edificio al bellísimo entorno del Parque de Mª Luisa y resolver finalmente los problemas funcionales que nunca fueron debidamente resueltos.

La operación principal del proyecto se desarrolla sobre su eje central. Una operación que trataría de rescatar el espacio del óvalo central como vestíbulo principal del Museo añadiendo, ya fuera del edificio, un nuevo sistema de comunicación vertical, ligero y acristalado, entre los tres niveles del mismo. Intervenir en el eje central, tanto en horizontal como en vertical, cobra un significado profundo al formar parte del proceso histórico que ha dado como resultado, en esta superposición de estratos, los más hermosos edificios de la historia de la arquitectura.

En los niveles correspondientes a las plantas baja y alta, las operaciones más significativas afectan a la sustitución de los forjados existentes por otros acordes a los nuevos requerimientos. A destacar los correspondientes a la planta alta donde las grandes luces se cubren con vigas de cuelgue que dibujan, en una sencilla caligrafía, relieves y texturas que al tiempo que resuelven problemas técnicos de iluminación y climatización cualifican y enriquecen el espacio interior.

Todas las logias que recorren el edificio en sus cuatro fachadas, algunas de ellas (las cuatro de la fachada trasera), cegadas con cerramientos opacos, se abrirán plenamente al paisaje circundante, si bien protegidas por cerramientos de vidrio transparente, dotados con sistemas de atenuación y control de la luz natural. Ello permitirá una relación fluida e intensa entre interior y exterior en un Museo que, por las características de su colección permanente, así parece aconsejarlo. Por otra parte, la incorporación de los nuevos cerramientos de vidrio, en una y otra fachada, con sus brillos y reflejos, harán vibrar con al viejo edificio, ahora renovado, entre los frondosos árboles de la Plaza de América.

En lo que se refiere a los contenidos y como tratarlos el resultado final ha de ser un museo para los sentidos, que permita a los espectadores aprender sobre nuestra historia, pero también ir más allá, en busca del privilegio de ofrecer las piezas tal cual, sin efectos especiales, con una luz bien programada, ajustada a la carga literaria que se diseñe en la narración del plan museológico. Un museo que sin obras se manifiesta como un cofre, como un contenedor de tesoros, ya en sí mismo mágico.

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