3 may. 2015 ~ ~ Etiquetas:

Los nuevos secretos del Carambolo


Concha San Martín (izquierda) y Ana Navarro analizando el collar del Tesoro del Carambolo. / El Correo.
La última investigación apunta a que el collar, pintado en vivos colores, sería un objeto ritual que produciría sonido. Los sellos están huecos por dentro.
30/04/2015. El Correo.

El Tesoro del Carambolo se embarca en otra discusión... aunque por fin vuelve a ser científica y no política como (por desgracia) estamos tan acostumbrados últimamente. Y más que discusión, nos encontramos ante una tercera vía de interpretación sobre el uso de las piezas de este ajuar fenicio que durante décadas se ha tenido por tartessio. El más afectado por esta nueva tesis es el collar, que perdería esta función para convertirse en un objeto ritual que llevarían en sus manos los oficiantes para arrancarle «un sonido peculiar», provocado por algo descubierto ahora: tiene partes huecas en su interior que generarían este sonido.

El entrecomillado anterior es una afirmación de la directora del Museo Arqueológico de Sevilla, Ana Navarro, que con su predecesora en el cargo y actual responsable de investigación del centro, Concha San Martín, han presentado los resultados de un amplio estudio que se hizo de las piezas del tesoro que pusieron rumbo a Nueva York, donde (entre septiembre de 2014 y el pasado enero) se expusieron en el Museo Metropoliano. Ahora se quieren abordar análisis más profundos, pero lo hecho hasta ahora ya ha dado, por lo pronto, para la referida nueva hipótesis del collar, que no es poco.

El anuncio se ha hecho en el marco del I Seminario del Museo Arqueológico, Trabajo sagrado, en el que ambas expertas han presentado unas conclusiones que llaman la atención porque para empezar se ha precisado el peso exacto del tesoro: 2.770 gramos. Esta es la cuarta y aparentemente última cifra que se pone sobre la mesa desde su descubrimiento en 1958, con oscilaciones tan singulares como 2.950, 2.392 y 3.259 gramos, que Navarro y San Martín atribuyen directamente a «errores».

Otras conclusiones llamativas son que el suntuoso ajuar (datado entre los siglos VII y VI antes de Cristo) se fabricó en varias fases y por diferentes orfebres, y que el taller de producción pudo estar en el propio Carambolo, como certificaría la coincidencia en la aleación del oro de los pectorales del tesoro y de una cadenilla hallada en el yacimiento de lo que hoy es término de Camas. Las placas se habrían hecho en dos o tres piezas reparcheadas y el collar (o el objeto ritual sonoro, ya puestos) sí sería por su parte un producto importado. Todo indica además que tuvo un octavo sello que fue arrancado de la cadena de un tirón.

En cuanto a una de las madres del cordero, si el famoso tesoro se utilizó como adorno aristocrático («un tesoro digno de Argantonio», el mitológico soberano tartessio, como dijo el profesor Carriazo) o como ajuar litúrgico, las autoras se inclinan por esta última función... pese a que antes que ellas intervino en el seminario otra experta, la profesora de la Universidad de Sevilla María Luisa de la Bandera, para postular justo lo contrario. Pero Navarro y San Martín lo tienen claro: «Fue un ajuar litúrgico de uso significativo en el santuario, un elemento de ostentación simbólica».

Lo más novedoso es la reinterpretación funcional del collar, que ahora resulta que no sería tal si no un objeto «incorporado a las manos de los oficiantes, que lo moverían para producir un sonido peculiar», una hipótesis en apoyo de la cual esgrimieron relieves asirios en los que se ve a sacerdotes sosteniendo una pieza. El ruido lo haría gracias a que en el interior de los sellos hay elementos esféricos que las radiografías han determinado que no son metálicos, barajándose que sean de piedra, cerámica o marfil. En esta utilización como objeto ritual también tendrían importancia los vivos colores que exhibía el objeto. Por que sí, el collar tenía «un alto contenido visual», con colores como azul, gris, blanco y ocre. De hecho, en los análisis realizados se han localizado con claridad aplicaciones sobre todo de azul.

Aunque si hablamos de restos, se han encontrado en las placas del tesoro lo que parecen sustancias oleaginosas o cerúleas que son «susceptibles de investigación» en ese estudio más en profundidad que se quiere acometer ahora. Asimismo hay numerosos restos en el interior de los agujeros por los que pasarían los cordones que fijarían las piezas.

Todas estas evidencias, que han dado pie a las nuevas interpretaciones, han sido fruto de la batería de análisis a las que fueron sometidas las piezas del tesoro que viajaron a Nueva York, lo que permitió trabajar con un ajuar «de acceso difícil por la cantidad de permisos que hay que tener para acceder a los originales». Entre otras pruebas se realizaron radiografías (que han sido las más reveladoras, al poner de manifiesto las diferentes densidades del metal) y un TAC en la Clínica Quirón, aunque los resultados «muestran muchos brillos que impiden ver nada». Así que, de cara a los análisis a realizar en el futuro, Concha San Martín aboga por introducir una cámara laparoscópica «en el maldito pasador, que nadie sabe qué pasa dentro de él...».