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¿Hubo un importante santuario en el Aljarafe sevillano durante la Edad del Cobre?


Recreación del enterramiento en el interior del dolmen, por Ana García, por cortesía de la Consejería de Cultura - ABC.
La investigación de restos humanos y ajuares hallados en el dolmen de Montelirio sugiere la presencia de un centro religioso.
28/03/2017. ABC.

La excavación del dolmen de Montelirio, entre 2007 y 2010, hizo que muchos sevillanos volvieran entonces sus ojos a la denominada zona arqueológica de Valencina de la Concepción y Castilleja de Guzmán, el mayor yacimiento conocido de la Edad del Cobre en Europa, con más de cuatrocientas hectáreas. Aquellas excavaciones sacaron a la luz un dolmen, declarado en 2010 Bien de Interés Cultural, en el que permanecían enterrados un hombre y una mujer junto a otra veintena de mujeres.

El origen de este monumento funerario era un enigma para los especialistas, al igual que los restos humanos y los ajuares con sofisticadas túnicas, nunca vistas en ningún yacimiento y hechas de decenas de miles de cuentas perforadas y ornamentos de concha, ámbar y marfil, material este último de procedencia africana que denotaba que el dolmen estaba en una región de paso entre continentes.

Tras años de investigaciones, los especialistas siguen haciéndose preguntas, pero también disponen de algunas certezas y nuevas líneas de investigación, tal como señala el profesor titular del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla, Leonardo García Sanjuán. Este profesor es el coordinador junto al director de las excavaciones, Álvaro Fernández Flores, y la doctora Marta Díaz-Zorita Bonilla, del volumen colectivo «Montelirio: un gran monumento megalítico de la Edad del Cobre», que hoy se presenta en la Biblioteca Infanta Elena.

«El libro recoge la investigación que ha realizado un equipo de científicos formado por cuarenta y cinco especialistas de dieciséis instituciones y cinco países diferentes en los últimos seis años», explica. Entre las certezas que se tienen sobre el dolmen está su datación por el procedimiento del radiocarbono, así como de todos los enterrados. «Sabemos que pertenece al siglo XXVIII antes de Cristo y que el enterramiento o bien resultó un episodio de un solo uso o varios episodios de uso que duraron relativamente poco tiempo, entre veinte y cincuenta años, frente a otros que estuvieron en uso durante varios cientos de años».

Sobre la identidad de los enterrados se ha abierto una línea de investigación, señala este profesor, que las relacionaría con el establecimiento en la zona de un centro religioso, un santuario con funciones similares a los oráculos que se levantaron en la Grecia arcaica. «Pudo ser un santuario que tenía que ver con la muerte y la celebración de los antepasados», explica García Sanjuán, y enumera una serie de indicios cruzados. Para empezar, el grupo de la tumba es predominantemente femenino y, según un estudio de sus huesos, estos tenían una alta concentración de mercurio, en algunos casos exagerado, por el uso de un pigmento rojo derivado de un mineral: el cinabrio.

El cinabrio, explica, «tiene un papel ritual muy importante». Estas mujeres, que podrían ser sacerdotisas, «usaban cinabrio para tatuarse y pintarse el cuerpo, y que es muy posible que incluso lo inhalasen y lo ingirieran, lo que implica alteraciones cognitivas». Además, uno de los cuerpos presenta polidactilia, es decir, seis dedos en cada uno de sus pies, lo que «para una mentalidad no científica hacía a estos individuos predispuestos para la religión. Finalmente, en la tumba se hallaron objetos de cuarzo que también se asociaban con lo esotérico, además de las mencionadas túnicas de cuentas que, con sus diez kilos de peso, debían tener un uso ceremonial.

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