12 jul 2021 ~ ~ Etiquetas:

El Turuñuelo: la misteriosa escalera extremeña que podría cambiar todos los manuales

 Lo que parecía un peldaño dio paso a otro, y luego a otro, y luego a otro, y así hasta 11 escalones perfectamente realizados y conservados que conducen a la hecatombe

12/07/2021. El Confindencial. Por C. Macías

Hace más de 2.5000 años nuestros ancestros celebraron un enorme banquete y lo sepultaron antes de que su cultura desapareciera para siempre, o precisamente porque no lo haría nunca, porque al acabar quisieron dejar constancia de que, pese al futuro, ellos existieron allí, en el suroeste de la península ibérica. Como si ya supieran que el futuro, además de peligroso, era una herramienta para luchar contra el mismo, que la memoria se genera y también se crea a través de la conservación de todo aquello que permite la representación de la existencia humana. A poco más de 30 km de la ciudad romana de Mérida, en el sur de Extremadura, existió la civilización Tartésica o Tartesos, como se denomina a su pueblo: la primera civilización occidental. Tan distinta como presente en la cultura actual del área geográfica que habitaron, ubicada entre el suroeste de la península y la actual Andalucía occidental. Sin embargo, y pese a las costumbres que nos dejaron y que han trascendido hasta hoy, aún son muchas las incógnitas en torno a aquellos antepasados que vivieron entre el siglo XII y el siglo V a.C. Prueba de ello es el yacimiento tartésico de Casas del Turuñuelo, donde en 2015 se produjo el primer encuentro con el mayor hallazgo arqueológico del último decenio en España, una prueba de lenguaje para la civilización moderna. ¿Qué nos tratan de contar desde hace siglos quienes un día enterraron sus edificios? La arqueología, la historia, la antropología y toda la ciencia al completo se han encontrado con uno de los mayores enigmas para el que trabajan conjuntamente en la actualidad, porque solo así podrán descifrar los pasos de los que venimos, cuyas huellas han sido halladas casi intactas bajo túmulos de tierra que alguna vez fueron creencia y certeza frente al olvido y quién sabe qué más. Entre finales del siglo V y comienzos del siglo IV a.C., en los útimos años de aquella civilización, fueron sellados de manera ritual una serie de edificios situados en el curso medio del río Guadiana, en Extremadura. Nadie sabe aún por qué, pero bajo la tierra de la zona no dejan de aparecer auténticos regalos de escalas aún por descubrir. Hasta la fecha se conocen un total de 13 túmulos que esconden muchos secretos, aunque solo en tres de ellos se han realizado excavaciones arqueológicas: Cancho Roano (situado en Zalamea de la Serena), La Mata (en Campanario) y Casas del Turuñuelo (en Guareña), todos en la provincia de Badajoz.

Un método de conservación digno de estudio

Desde los años setenta, estos edificios conservados bajo la tierra ya habían dejado constancia a los investigadores de que los tartésicos, por algún motivo, tuvieron la costumbre o quizás el impulso de enterrar sus edificios: tras su uso, todo lo que hubiera en su interior era destruido, luego se amortizaba la estructura y se sepultaban sus paredes bajo un túmulo de tierra artificial. Sin embargo, esto no sería más que el inicio de una cadena de incógnitas. Cuando en mayo de 2014 un pequeño equipo de arqueólogos de la Universidad Autónoma de Madrid, dirigido desde el Instituto de Arqueología del CSIC, eligió el túmulo de Casas del Turuñuelo para extraer de su terreno algunas muestras de polen y semillas con el fin de realizar un sondeo y recoger información sobre el paisaje antiguo (porque, a priori, era este el lugar que reunía las mejores condiciones de conservación para dicho trabajo), no tenían ni idea de que un año después descenderían al edificio protohistórico mejor conservado del Mediterráneo Occidental.

Aunque todos los edificios que se han encontrado son “majestuosas construcciones de adobe cuyos alzados se sostienen sobre potentes cimientos de piedra, con pavimentos de arcilla apisonada y sus techumbres construidas con ramajes”, según recoge el equipo, el yacimiento de Casas del Turuñuelo es la excepción entre todas, no solo por el estado de conservación en el que se encuentra la estructura y todo lo que guarda su interior, sino precisamente porque todo lo que ha permanecido sepultado bajo esta construcción durante siglos puede cambiar ahora los manuales de historia, de arquitectura e incluso de biología.

En una primera investigación, salió a la luz la llamada Estancia 100, un espacio de 70 metros cuadrados donde se llegó a levantar un altar en forma de piel de toro, característico de los santuarios tartésicos. Además, encontraron en ella cientos de trozos como restos de una vajilla intencionadamente rota, y un sarcófago o bañera esculpido sobre un gran bloque de mortero de cal, una técnica inédita en la Península Ibérica para este tipo de objetos. Aquella estancia estuvo, además, cubierta con una bóveda de ladrillo, según evidencian los estudios, otra técnica (en este caso arquitectónica) que en la Península Ibérica no se había documentado hasta la época romana. Se trata ya de la bóveda más antigua de dicho territorio, y por tanto la primera conocida.

La escalera a la hecatombe

Años más tarde, en 2017, los arqueólogos se toparon con una misteriosa escalera. Lo que parecía un peldaño dio paso a otro, y luego a otro, y luego a otro, y así hasta 11 escalones perfectamente realizados y conservados que conducen a la hecatombe o los restos de un fuerte presagio colectivo de hace miles de años. En un desnivel de casi 3 metros de altura, unos muros de hasta 7 metros de altura y con un espesor de 2 metros (lo que complicó mucho el trabajo de los arqueólogos), apareció una enorme estancia que albergaba los restos de 52 caballos, 4 vacas, 4 cerdos y un perro perfectamente dispuestos en el suelo como lo que se cree un sacrificio a los dioses antes de las personas allí presentes desaparecieran. Pero esto no es más que la antesala, nunca mejor dicho, de un proceso de excavación que parece estar aún en el 20% de su totalidad. Justo antes de paralizarse, en 2018, se encontró una nueva habitación donde yacían los restos de un hombre junto a una puerta tapiada. A su lado había tres braseros de bronce que podrían dar más pistas sobre qué pasó realmente en aquel lugar. ¿Qué condujo a los tartésicos a celebrar un festín a lo grande (con parrilla incluida, también conservada) para luego destruir, enterrar y sellar todo el lugar? Allí quedaron muchos de los restos de su día a día en su paso por la historia. Los objetos no solo están deteriorados debido a los siglos que han pasado sobre ellos, sino que se encontraban rotos con un propósito. Los investigadores creen que después de aquel enorme banquete, del que tampoco se sabe nada concreto, los asistentes, por algún motivo que a día de hoy se nos escurre, decidieron destrozarlo todo, ¿para conservarlo?: inutilizaron los objetos, les prendieron fuego, cubrieron las habitaciones con tierra y taparon todo el edificio con arcilla. Su rito y su existencia quedaron allí para siempre. “La mayor incógnita en torno a estas grandes construcciones reside en su desaparición. A finales del s. V a.C. todos estos edificios son incendiados, destruidos y amortizados hasta quedar sepultados bajo un túmulo que les permite pasar desapercibidos en el paisaje”, apunta el equipo arqueólogo.

Así, las causas de una sepultura de semejante envergadura siguen siendo desconocidas para los expertos. “La teoría principal apunta a la llegada de los pueblos del norte, los celtas. Sin embargo, ocultar un edificio de la magnitud del de Casas del Turuñuelo requiere días de trabajo y la colaboración de un destacado grupo de población. Además, resulta prácticamente imposible llevar a cabo un ritual y sepultar un edificio bajo la presión de una invasión enemiga. A ello se suma la ausencia de armas y evidencias de violencia que permitan certificar esta hipótesis”, apuntan. De hecho, desde aquellos hechos, a finales del siglo V a.C, el territorio apenas volvió a estar habitado hasta el período románico. En este sentido, apuntan que han iniciado una nueva línea de investigación que "defiende la existencia de un cambio en el clima que obligase a los pobladores de estos territorios y de estos edificios a buscar un lugar más propicio para el desarrollo de la vida". Las excavaciones se encuentran actualmente paralizadas, pero quienes han estado en ellas ansían poderlas retomarlas. Además, de hacerlo podría abrirse al público en pocos años. Por el momento, este 20% hallado fue declarado Bien de Interés Cultural el pasado mes de mayo. Mientras consiguen volver a recibir el apoyo de las administraciones para retomar su trabajo, el quipo ha colaborado con el diseñador J.R. Casals, quien ha realizado una reconstrucción digital del interior de esta misteriosa edificación a partir de todos los hallazgos descubiertos, con el fin de encontrar las formas de ir conectando, pieza a pieza, con el lenguaje de aquellos antepasados que quieren decirnos algo y, a la vista está, es mucho.


No hay comentarios: