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Castilla y León: Hace cinco mil años. 3. Trillos calcolíticos en Tierra de Campos


(Trilla. Acuarela de Jesús Meneses, en la exposición antológica del Colegio Lourdes de Valladolid en 2006.18x24)(*).
31/01/2012. Periodistadigital. Por José María Arévalo.

Proseguimos la publicación de la interesantísima conferencia que con el título “El pan y la sal. La vida campesina en el valle medio del Duero hace cinco mil años”, pronunció el pasado 24 de Noviembre el arqueólogo y catedrático de Prehistoria de la Universidad de Valladolid, Germán Delibes de Castro, en su discurso de ingreso como académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, de Valladolid. Avanzábamos la semana pasada el nuevo apartado “Cultivadores de trigo” a cuyas puertas nos quedamos.

“El estudio del impacto medioambiental – continuaba el profesor Delibes de Castro - nos ha ido desplazando casi sin querer a la esfera económica y aquí las comunidades de la Edad del Cobre se manifiestan como un anticipo de la sempiterna Castilla triguera a la que en momentos puntuales de nuestra historia no ha habido empacho en tildar de «granero de España». y es que el estudio de los macrorrestos vegetales de El Casetón de la Era una vez más, revelan que aquellos extensos campos que gracias a los pólenes se detectaban alrededor de los poblados eran de “triticum aestivum/durum”, una variedad de trigo desnudo de ciclo largo (sembrada en otoño, como se ha hecho tradicionalmente en nuestra tierra, a favor de las primeras lluvias, y recolectada a comienzos del verano) de fuerte implantación durante la prehistoria, desde el primer neolítico, en todo el Mediterráneo occidental.”

Sobre la recuperación de macrorrestos, señalaba el conferenciante que ésta se consigue por medio del lavado de sedimentos. Las maderas y semillias carbonizadas (a más de 200º pero sin oxígeno suficiente pues una combustión absoluta las reduciría a ceniza) flotan en el agua debido a su baja densidad.

“Además cultivaban, aunque mucho más raramente (la proporción, si nos fiamos del número de granos recuperados es de 1 a 40), cebada (Hordeum vulgare), cereal que desde su domesticación en el Próximo Oriente acompañó al trigo en su expansión por Europa. Y no tenemos datos, aunque seguramente se trate de una laguna informativa más que de la negación de un hecho real, del cultivo de leguminosas. Eso sí, los espectros polínicos no vacilan a la hora de revelar que entremezcladas con los trigos florecían amapolas «precomuneras».

Sin duda es muy significativo, de cara a valorar lo que suponen estas actividades agrícolas en términos subsistenciales, que la totalidad de las muestras de los momentos más avanzados del yacimiento presentan polen de cereal. Sin embargo el volumen de las semillas recuperadas puede considerarse bajo, hecho que lleva a pensar que la llegada de los granos a los lugares muestreados fue accidental y, desde luego, que estos últimos no eran ni graneros, ni áreas de consumo (cabañas), ni eras para el desgranado, ni viejos hornos en los que, como se sigue haciendo en muchas comunidades primitivas, tostar las semillas para prevenir parásitos como el gorgojo.

La importancia de la agricultura de cereal se percibe también en otros detalles menores, como la abundancia de molinos barquiformes o de vaivén. Claro que no hay que descartar -para lo que se hallan en curso análisis de fitolitos que permitirán identificar lo molido- que en ellos se procesaran, además de grano, bellotas; esas mismas bellotas que aún se consumían comúnmente e incluso se panificaban en época prerromana entre los pueblos del norte de la Península, al decir de Estrabón. En todo caso, la molturación de grano e incluso el uso de la harina de trigo están perfectamente documentados unas centurias más tarde en esta misma zona del Duero Medio merced a la identificación de los restos de unas gachas mezcladas con leche en el interior de una vasija de los inicios de la Edad del Bronce procedente del yacimiento de El Nogalillo, en Santovenia de Pisuerga. Y no es hecho que deba sorprender en exceso teniendo en cuenta que la dieta de las poblaciones calcolíticas de las campiñas durienses, a juzgar en este caso por los análisis de oligoelementos (calcio, fósforo, magnesia, zinc, cobre, estroncio...) realizados sobre restos esqueléticos de un yacimiento de la Armuña, El Tomillar, en Bercial de Zapardiel, se basaba prácticamente en una ingesta de vegetales, con un pequeño complemento de carne. He ahí ya retratados a los sitofagoi, a los «comedores de pan» mediterráneos, como con su proverbial ingenio calificaba Homero a los hombres.

E igual de ilustrativo a la hora de sopesar el papel del cultivo es el alto número de hoyos detectados en cualquier yacimiento de esta época -un caso paradigmático en la provincia de Valladolid es el de La Calderona, en La Cistérniga, con centenares de ellos en menos de dos hectáreas- cuya condición de silos o almacenes subterráneos se infiere del habitual revestimiento de barro de sus paredes, cuando no de las improntas de cestería visibles en sus fondos o de la amortización casi completa de su capacidad con un solo gran vaso contenedor. Silos grandes, además, de un metro cúbico, que a través de la arqueología experimental se sabe garantizaban, debidamente precintados, la conservación del grano durante años.

Trillos calcolíticos en Tierra de Campos

Pero el testimonio más contundente de hallarnos ante una cerealicultura no incipiente sino consolidada, se ha obtenido también en El Casetón de la Era a partir del reconocimiento de trillos. (Aclara el profesor Delibes que para procesar cereales masivamente son precisos procedimientos más sotisticados que el simple golpeo de las espigas con mayales. Otra posibilidad a contemplar es que la producción de grandes cantidades de paja picada guardara relación con la producción de adobes, cosa que aquí no procede pues su uso o el de tapiales fue excepcional en los recintos de fosos calcolíticos del centro de la Meseta).

Durante mucho tiempo se atribuyó la introducción en nuestras tierras del tribulum a los romanos, pero ciertos indicios -el uso de paja perfectamente cortada para la producción de adobes en la Pintia vaccea y un poco antes, en el poblado de La Mota de Medina del Campo, del horizonte Soto de Medinilla- habían obligado a retrotraer su uso unos pocos siglos, a la Edad del Hierro. El hallazgo de El Casetón no consiste, naturalmente, en todo un trineo de vientre empedrado, sino simplemente en una serie de chinas o «pernalas» sueltas. Son dos docenas largas de ellas, han sido halladas en diversos puntos del yacimiento -no corresponden, pues, a un solo trillo, ni procedían de una misma era- y consisten en lascas, o mejor láminas de sílex, a las que se ha labrado primorosamente en toda su superficie con un retoque plano, recordando en cierta manera a las famosas hojas de talla bifacial características del Solutrense. Son gruesas y largas (hasta once centímetros), de sección lenticular, y presentan además un bonito perfil festoneado con la particularidad de que sobre él se percibe a simple vista un brillo refulgente, casi metálico, que los arqueólogos denominamos familiarmente «lustre de cereal» pues los experimentos lo atribuyen al resultado del contacto de la piedra con el sílice de la paja en el transcurso de la siega.

Este tipo de piezas eran ya conocidas desde hace décadas en numerosos yacimientos de la Edad del Cobre de la Meseta por lo que, en rigor, su hallazgo en El Casetón de la Era no representa el descubrimiento de un «tipo» nuevo. La gran novedad consiste en saberlos -y es la primera vez que sucede en todo el centro y oeste de Europa- dentales de trillo y no simples hoces como se venían considerando hasta hoy, lo que ha sido posible a través del estudio microscópico de sus huellas de uso.

El análisis traceológico (la traceología tiene ya más de medio siglo de historia, desde que Semenov sintió la inquietud de comparar las huellas microscópicas diferentes que, según los trabajos realizados, aparecían en las zonas efectivas de las herramientas) de los grandes foliáceos de sílex de nuestro yacimiento, que ha corrido a cargo de Juan Gibaja, es esclarecedor. Como se presumía de antemano, las piezas presentan un acusado lustre de cereal pero asociado a otros desgastes particulares. De la veintena de elementos analizados, en la mitad se aprecia superposición de huellas generadas por corte de paja de cereales y por contacto con una sustancia abrasiva como la tierra; y las restantes ostentan exclusivamente huellas producidas por roce intenso de tierra. Dos rasgos que en su día resultaron decisivos para que determinadas láminas de piedra de Irak, Siria y Turquía, llamadas «cananeas» y tenidas también inicialmente por hoces, merecieran la consideración, hoy plenamente aceptada, de dentales o piezas de trillo.

Los diferentes grados de desgaste seguramente responden a dos factores. Uno, la fase de la trilla en la que las piezas intervinieron, pues la huella no puede esperarse igual en lascas usadas en el inicio del proceso, con el bálago entero formando una mullida parva sobre la era, que avanzado el mismo, con los tallos y las espigas ya pisoteados, cortados y casi triturados, momento en el que las cuchillas entraban literalmente en contacto con el suelo. Y otro, de importancia similar, los reavivados, ya que hay constancia de que los filos, cuando sufrían embotamiento, se refrescaban retallándolos.

A falta del hallazgo de un apero completo -que, además, será difícil que se produzca en el futuro por lo efímero de la madera- o de representaciones gráficas del mismo, no podemos saber con exactitud cómo era un trillo castellano de aquella época, pero cabe sospechar que no idéntico de los que hace medio siglo todavía se veían en las eras de nuestros pueblos. Estos, en efecto, constan básicamente de un gran tablón en el que, por presión, se insertan cientos de pequeñas piedras cortantes. Como ya ha habido ocasión de ver, nuestros dentales son mucho más largos, anchos y gruesos que éstas, lo que haría imposible «enchinar» con ellos una tabla al modo tradicional, es decir encastrándolos. De ahí la creencia de que el trillo utilizado en El Casetón fuera más parecido a los “tribula” descritos en las tablillas mesopotámicas con escritura cuneiforme del III milenio, estudiados por Patricia Anderson y de los que aún sobreviven algunos ejemplares en el medio oriente. Trillos en los que el trineo, barquilla o plataforma estaba constituida por gruesas ramas atadas entre sí, con un añadido de pez o mastique en las juntas, en el que, perfectamente alineadas se embutían, de acuerdo con las cifras que contemplan los referidos textos, entre 60 y 80 dientes.

El descubrimiento de trillos en El Casetón, hoy un “unicum” pero llamado a ser en poco tiempo una entrada más de una larga lista de yacimientos de esta época con evidencias similares, es importante porque acredita un fenómeno de intensificación agrícola en perfecta sintonía con el fuerte crecimiento demográfico que en el Calcolítico se registra en nuestra zona a través de la multiplicación de asentamientos. Pero aún podría serIo más por lo que su uso representa de cara a reconocer la existencia de un régimen de aprovechamiento ganadero moderno, en el que los réditos esperables de criar animales en cautividad fueran más allá de su mero aprovechamiento cárnico. Un régimen de explotación de cierta complejidad, en suma, mediante el que se aspira a que el rebaño sea algo más que un simple stock de carne en vivo. Y es que, como significan los propios documentos cuneiformes, el uso del trillo implica disponer de fuerza tractora animal, de un tiro que entre los sumerios consistía en un par de bueyes o de caballerías.

Los especialistas, valiéndose de las enseñanzas de trabajos experimentales, consideran posible pero muy poco probable que para arrastrar los primeros trillos se recurriera a la tracción humana, lo que explicaría por qué no se conocen testimonios etnográficos en ese sentido. Y es que tanto giro con la cabeza baja y en una trayectoria de radio reducido como exige la trilla produce en el hombre un invencible aturdimiento. La tracción humana no parece, pues, una opción razonable, máxime cuando, para desmenuzar la paja y liberar las semillas de las glumas de las espigas, es decir, para desgranar, tan importante como la acción de las cuchillas es el pisoteo que, una y otra vez, efectúan los cascos de las bestias en su monótono girar.”

En el próximo artículo veremos como, bajo el epígrafe «La revolución de los productos secundarios», el profesor Delibes explica que el reconocimiento de trillas permite entrar de lleno, en uno de los temas estrella de la arqueología prehistórica europea, como es el surgimiento de la tracción animal, con el uso también de carros y arados.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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