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Málaga: El invierno entra por la puerta de los Dólmenes


El interior del tholos de El Romeral, iluminado ayer pocos minutos antes de las dos de la tarde. / Antonio J. Guerrero
La luz solar accede hasta la última cámara del tholos de El Romeral en la llegada de la nueva estación.
El conjunto arqueológico antequerano organiza visitas guiadas especiales para divulgar la orientación excepcional de estas construcciones.

23/12/2015. Diario Sur.

‘Hay una grieta en todo, así es como entra la luz’. La frase de Leonard Cohen viene a la cabeza en el interior del tholos de El Romeral, a oscuras, esperando a que el reflejo del sol cruce los 34 metros que separan la entrada de la segunda cámara de la construcción funeraria levantada hace 3.800 años. Sólo dos días al año la claridad alcanza esas profundidades. Lo hace con la llegada del solsticio de invierno y Loli Burgos no pensaba perdérselo.

«He visto el solsticio de verano en Menga y el equinoccio de otoño en Viera y me faltaba este», ofrece Loli, jubilada, regresada a su Antequera natal después de haber pasado 37 años en Francia y ahora contagiada de la pasión por los Dólmenes a partir de un trabajo que tuvo que realizar para las clases del centro de mayores.

«Es algo excepcional, excepcional…», repite Loli a la entrada del tholos, cámara de fotos al cuello, nada más salir de la visita especial organizada por el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera para divulgar la excepcionalidad de lo allí vivido.

La guía, María José Toro, explica que la inmensa mayoría de este tipo de construcciones se orientan hacia el sol. Pero el tholos de El Romeral lo hace hacia el Torcal; en concreto, hacia la cima conocida como el Camorro de las Siete Mesas. Por eso es único. Como el Dolmen de Menga, que ‘mira’ hacia la Peña de los Enamorados’. Y esas singularidades cimientan la candidatura de los Dólmenes de Antequera para ser declarados Patrimonio Mundial por parte de la Unesco, que debe esclarecerse a mediados de 2016.

«Menos mal que hemos venido, porque el año que viene, con lo de la Unesco, esto va a ser un lío...», se escucha en el interior de la primera cámara del tholos. Hasta ahí entra la claridad poco después de las dos menos cuarto de la tarde. La luz solar encuadra al fin la segunda estancia de la construcción, apenas durante unos minutos, inmortalizados por las cámaras y por los teléfonos móviles de los quince afortunados visitantes que han podido acceder al interior del recinto funerario, el mayor de sus características en la Península Ibérica.


Quince visitantes pudieron acceder al interior. / Antonio J. Guerrero

Nada de tecnología han traído Marie y Thierry Courchay, dos turistas franceses que después de pasar unos días en Nerja se han paseado por la capital y por el municipio antequerano. «Ha sido pura casualidad. Una suerte. No sabíamos que hoy fuera un día especial para visitar el recinto y cuando nos lo han explicado a la entrada, nos ha hecho mucha ilusión», detalla Thierry en manga corta frente al viento de Levante que sacude las copas de los cipreses que rodean la construcción megalítica, que hoy repetirá las visitas especiales para celebrar la llegada de la nueva estación al interior del tholos.

Una feliz casualidad

«Hemos estado en espacios similares en Francia, en Inglaterra, en varios países del Mediterráneo… y este lugar nos ha impresionado», aporta Marie, feliz por «la gran casualidad» de haber conocido el recinto en las escasas horas del año en que la luz solar entra hasta la segunda cámara funeraria, mucho más pequeña que la primera, que ofrece unos cinco metros de diámetro y una bóveda de mampostería levantada a casi cuatro metros de altura.

María José Toro explica que ambas bóvedas solía acoger enterramientos donde los muertos iban acompañados de vasijas con alimentos, herramientas para trabajar y diversos abalorios. Sigue la monitora comentando que el nombre de ‘tholos’ procede del griego y que se refiere a la forma circular de la construcción levantada hace casi cuatro mil años: «Entonces, como ahora nosotros, los moradores de estos lugares se reunían en determinadas celebraciones; en su caso, el cambio de estación y lo hacían en una construcción que dejaba entrar la mayor cantidad de luz en su interior justo en los días en que se producía ese acontecimiento en el cielo».

«Impresionante…», deja escapar Carlos Romero, madrileño y apasionado a la arqueología. «Mi familia tiene una casa en la Carihuela desde hace muchos años. Estoy pasando unos días aquí y me enteré de que había estas visitas, así que me apunté rápido para no perdérmelo», comenta antes de preguntar cómo puede llegar hasta los dólmenes de Menga y Viera.

La guía le indica que están a unos tres kilómetros. «Para firmar en apoyo de la candidatura de la Unesco es allí, ¿no? Pues vamos», avanza Carlos, entusiasta, quizá contagiado por el frío sol de invierno en Antequera, por la promesa de que, a partir de ahora, los días empiezan a ser un poco más largos. Con más luz.