26 mar. 2011 ~ ~ Etiquetas: , ,

Derecho al paisaje

MANUEL VERGARA CARVAJAL. La Opinión de Málaga.

Llevamos cinco mil años diciendo aquello de: «¡Qué hermosa es La Vega!». Pero estos políticos miopes, en una década la convierten en un scalextric. El remate es un anillo ferroviario, que a lo peor resulta ser una corona de espinas. Lo paradójico es que el anillamiento se perpetre mientras Los Dólmenes se postulan como Patrimonio de la Humanidad y, cuando al fin se reconoce (¡a buenas horas, mangas verdes!), la importancia de: «comprender de una manera unitaria el monumento y su soporte geológico y paisajístico» (Bartolomé Ruiz).

Por esa regla de tres quedan justificadas las pequeñas intervenciones actuales y –en buena lógica– el derribo futuro del Dolmenario y, la ampliación del recinto dolménico hasta incluir la gasolinera. ¡Pero el soporte geológico y paisajístico de los dólmenes es más amplio: incluye La Vega! De ahí que, añadir más agresiones a ésta, sea como llenar de bloques el entorno de las pirámides o las praderas de Stonehenge. En el S. XXI, más que una catetada, está por ver si no vulnera un derecho, porque el nuestro es un paisaje tan venerable como esos otros. De ahí que la conversación del mismo sea «un hecho político de interés general» (Convenio Europeo del Paisaje, Informe Explicativo, aptdo. 23).

Se darán cuenta, cuando sea tarde, de que el anillo le da la puntilla a unas buenas tierras, al gran negocio de la cultura y al mismísimo fundamento milenario de la identidad antequerana desde el Neolítico: La Vega. Los ciudadanos (sigue el informe del CEP) «no pueden aceptar durante más tiempo tener que sufrir paisajes resultado de la evolución técnica y económica, decididos sin su participación». Desde luego, sin la participación de aquellos antepasados megalíticos, lo mejor que dio Antequera. Es de juzgado de guardia.

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